
Adorni, la fábrica “flexible” y una opinión pública cada vez más rígida
Manuel Adorni volvió a ocupar el centro de la escena política ayer. Lo hizo lejos de los tribunales, de las preguntas incómodas y de la presión interna que atraviesa al Gobierno por las denuncias sobre su patrimonio. El jefe de Gabinete encabezó la inauguración de la nueva planta de Mercedes-Benz en Zárate, sonrió junto a Karina Milei y Diego Santilli, habló de inversiones, estabilidad y futuro. Todo como si nada pasara.
El mensaje político fue tan claro como deliberado: el oficialismo decidió blindarlo, tal vez con la esperanza de que “se dobla pero no se rompe”.
No fue una aparición menor. En medio del escándalo que sacude a la Casa Rosada, Javier Milei eligió sostener a su principal colaborador y mostrarlo en una foto de gestión vinculada a producción, empleo y dólares. Una postal diseñada para transmitir normalidad justo cuando puertas adentro empiezan a acumularse los cortocircuitos, el malestar de gobernadores y las diferencias internas.
Adorni aprovechó el escenario para insistir con el relato oficial. “Inversiones como esta dejan de ser una apuesta y se convierten en una certeza”, afirmó durante el acto. La frase buscó reforzar la idea de previsibilidad económica y confianza empresarial.
Pero mientras en Zárate se celebraba una planta con “diseño flexible y escalable”, afuera parece pasar exactamente lo contrario: la opinión pública se muestra cada vez menos flexible con el Gobierno.
Las encuestas que empezaron a circular en las últimas horas encendieron alarmas en el oficialismo. Un relevamiento de Zuban Córdoba reveló que el 71,2% de los consultados considera que “hace falta un cambio de gobierno en Argentina”. Apenas un 21% se mostró en desacuerdo.
El dato más sensible para La Libertad Avanza aparece entre los jóvenes. Incluso en el segmento de 16 a 30 años —donde Milei construyó parte de su capital político— el 59,2% cree que el país necesita un cambio de rumbo. Entre los adultos de 31 a 45 años, el número trepa al 79,4%.
La lectura política es inevitable. El problema para el Gobierno ya no parece limitarse a la causa judicial o a las explicaciones pendientes sobre las propiedades y movimientos patrimoniales de Adorni. Empieza a convertirse en un desgaste más profundo: la percepción de que la Casa Rosada prioriza proteger dirigentes antes que ofrecer respuestas claras.
En ese contexto, el blindaje oficial puede terminar funcionando como un boomerang.
Porque mientras Milei insiste en sostener a Adorni a cualquier costo y repite que “no va a ejecutar a un inocente”, dentro del propio oficialismo algunos empiezan a preguntarse cuánto daño político puede generar una defensa sin matices. Patricia Bullrich ya marcó diferencias públicas y reclamó adelantar la declaración jurada del funcionario. Otros dirigentes libertarios, aunque en voz baja, reconocen preocupación.
Y aunque en Zárate Adorni apareció acompañado por el núcleo duro de los hermanos Milei, en paralelo empiezan a crecer conversaciones silenciosas sobre posibles alternativas políticas y reacomodamientos de poder. En ese clima, no pasó desapercibido que Diego Santilli retomara esta semana las reuniones con referentes del PRO, en medio de especulaciones sobre un eventual “plan B” dentro del oficialismo ampliado si el desgaste continúa escalando.
La apuesta de mostrar a Adorni como símbolo de gestión también tiene riesgos. Cada aparición pública deja de ser solo institucional para convertirse en una validación política en medio del escándalo. Y eso ocurre justo cuando las encuestas muestran un humor social mucho más duro de lo que el Gobierno esperaba.
La fábrica de Mercedes-Benz fue presentada como emblema de una nueva Argentina “estable”. Pero la estabilidad política no se construye solo con inversiones ni con actos cuidadosamente organizados.
También necesita credibilidad.
Y ahí es donde el Gobierno empieza a enfrentar su problema más serio.

