
Rolando Graña: “Estamos ante una tercera ola de fuga de cerebros alentada por Javier Milei”
Estamos ante una tercera ola de fuga de cerebros alentada por Javier Milei. Ya nos pasó y terminó mal. Pasó con la Noche de los Bastones Largos, en 1966, cuando la policía sacó a palazos a buena parte de las mejores cabezas que tenía el país. Muchos de nuestros científicos terminaron en el exterior. Después volvió a pasar en los años 90, cuando Domingo Cavallo mandó a los científicos a lavar los platos. Ahora estamos viviendo un proceso similar.
El caso de César Milstein es emblemático. Se tuvo que ir a vivir a Inglaterra y fue allá donde terminó las investigaciones que le valieron el Premio Nobel de Medicina. La Argentina es un país donde no se aprende nada. Repetimos los mismos errores y volvemos a expulsar a quienes podrían contribuir al desarrollo científico, tecnológico y educativo del país.
¿Qué se piensa, que no vienen a buscar a los científicos argentinos? Sí, se los vienen a buscar. La pregunta es cuánto tiempo pueden resistir los profesionales antes de aceptar una propuesta en el exterior. ¿Cuánto tiempo aguantarán los médicos cobrando menos de 1.000 dólares en el Hospital de Clínicas? ¿Cuánto tiempo aguantarán los ingenieros agrónomos dando cátedra por 1.200.000 pesos? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que se vayan los científicos y los profesionales que están en condiciones de trabajar en otros países?
Un jefe de servicio de un hospital universitario de la UBA no llega a cobrar $1.400.000 por estar ocho horas a cargo de un área. En cualquier país serio, si pasa esto, echan al ministro de Educación y el tema se pone inmediatamente en debate parlamentario. Acá, en cambio, parece que nos acostumbramos a que quienes sostienen las instituciones educativas y científicas trabajen en condiciones cada vez más difíciles.
El problema también se ve en las aulas. Los profesores tienen que buscar otras actividades para llegar a fin de mes, salir corriendo de un trabajo para empalmar con el siguiente. Y eso hace que sostener la calidad de la enseñanza sea cada vez más difícil. No se puede exigir excelencia académica mientras se deterioran las condiciones materiales de quienes tienen la responsabilidad de enseñar e investigar.
La demonización de la universidad pública
Hay otra parte de este proceso que me parece fundamental: el desprestigio de la ciencia y de la universidad pública. Confundieron trabajar en una universidad pública con ser un planero. No hay peor mala leche que esa.
Hubo un lavado de cerebro a esta sociedad del que algunos colegas son responsables. Salieron a decir: “Mirá en lo que gasta la plata el CONICET”, y se burlaban de los títulos de las investigaciones para malquistar a la gente contra los científicos y los universitarios. Se construyó un discurso en el que investigar, enseñar y producir conocimiento pasaron a ser presentados como actividades inútiles, como si quienes trabajan en esos ámbitos fueran responsables de los problemas del país.
Instalaron una hipnosis colectiva por la cual la ciencia está mal, las universidades están mal, el INTI está mal, el INTA está mal y hay que echarlos a todos porque no sirven para nada. Si una parte de la sociedad lo creyó, lo votó y pensó “si yo no soy universitario, ¿por qué voy a bancar a los otros?”, eso se llama discurso de odio.
Porque acá aparece el problema: no estamos hablando solamente de una discusión presupuestaria ni de cuánto cobra un investigador. Estamos hablando de una sociedad a la que convencieron de que puede prescindir de sus científicos, de sus universidades y de sus instituciones de investigación. Y cuando se instala esa idea, el deterioro de esas estructuras deja de ser visto como un problema colectivo.
El costo de destruir la movilidad social
La universidad pública fue una herramienta central para cortar la transmisión genética hereditaria de la pobreza. Permitió que personas que no tenían los recursos económicos pudieran acceder a una formación de calidad y construir un futuro diferente. Se está destruyendo precisamente esa herramienta.
Tuvimos premios Nobel y fuimos el país que fuimos gracias a un sistema universitario público y de calidad que hoy está en jaque. No se trata de idealizar todo lo que se hizo ni de afirmar que no haya nada que mejorar. Se trata de entender que destruir las condiciones que permiten investigar, enseñar y formar profesionales tiene consecuencias que van mucho más allá de una gestión de gobierno.
La fuga de cerebros no empieza cuando un científico hace las valijas. Empieza mucho antes, cuando los salarios dejan de alcanzar, cuando las instituciones pierden recursos y cuando una sociedad empieza a creer que quienes trabajan en ciencia y educación no merecen el respaldo colectivo. Cuando finalmente se van, el daño ya está hecho y recuperarlos puede costar muchísimo.
Esta tercera ola de fuga de cerebros está permitida por el voto, por los discursos de odio y por una hipnosis colectiva que convenció a parte de la sociedad de que los científicos son vagos e inútiles. En algún momento se darán cuenta de que era solo un truco para cambiar el foco del culpable.
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