
“Nació y morirá psicópata”: Del Petiso Orejudo a Robledo Puch, quiénes fueron los criminales más temidos de la historia argentina
La historia criminal argentina guarda en sus archivos expedientes que, con el paso de las décadas, se convirtieron en auténticos hitos de la crónica policial y del imaginario colectivo. Casos de asesinos seriales, masacres rurales y crímenes familiares construyeron un mapa de la violencia que dejó una huella imborrable en la sociedad. A lo largo de los años, métodos tan diversos como el uso de armas de fuego, venenos, objetos contundentes o la acción directa marcaron el accionar de figuras que hoy forman parte de la memoria negra del país.

El Petiso Orejudo y los crímenes de principios de siglo
Uno de los antecedentes más lejanos y recordados de la criminalidad urbana en Buenos Aires es el caso de Cayetano Santos Godino, conocido popularmente como el “Petiso Orejudo”.
A comienzos del siglo XX, sus crímenes contra menores en zonas oscuras de la ciudad generaron conmoción nacional y un profundo pánico social. Su figura quedó grabada en la historia como uno de los primeros casos documentados de extrema peligrosidad infantil en el país, concluyendo sus días en la cárcel del fin del mundo tras asesinar a cuatro niños utilizando engaños con golosinas y un clavo de hierro.

Masacres rurales y violencia familiar en la memoria colectiva
El derrotero criminal argentino también incluye episodios de multihomicidios y masacres perpetradas en ámbitos rurales o dentro del propio núcleo íntimo. Casos como el de Mateo Banks (apodado “Mateocho”), quien asesinó a ocho personas (entre familiares y peones) en una estancia de Azul en abril de 1922 motivado por deudas y maniobras económicas,

O el atroz ataque cometido por Ricardo Barreda en La Plata en noviembre de 1992, donde mató a escopetazos a su esposa, su suegra y sus dos hijas, demostraron cómo la violencia extrema podía irrumpir en la cotidianeidad.

En esa misma línea de alto impacto social se ubica el caso de Roberto Daniel Vecino, quien protagonizó un quíntuple homicidio en Necochea al matar a su esposa, a sus tres hijos y a un vecino, situándose entre los agresores con mayor cantidad de víctimas civiles en un solo hecho.

El terror nocturno y los asesinos seriales
La crónica policial urbana también quedó marcada por figuras que sembraron el terror en distintas décadas. A principios de los años 60, los crímenes a martillazos cometidos por Aníbal González Higonet (conocido como el “Loco del Martillo” o “Vampiro del Martillo”), paralizaron a los vecinos de Lomas del Mirador tras irrumpir de madrugada en las viviendas de tres mujeres mayores.

Años más tardar, entre el 15 de marzo de 1971 y el 1 de febrero de 1972, Carlos Eduardo Robledo Puch se convirtió en el criminal más prolífico de su época al asesinar a once personas por la espalda o mientras dormían. Con apenas 20 años y un perfil de clase media alta, se ganó el apodo de “El ángel de la muerte” y terminó siendo condenado a reclusión perpetua por 36 delitos, transformándose en el recluso con más años de permanencia en el sistema penitenciario argentino.

Por su parte, el raid de Francisco Antonio Laureana entre 1974 y 1975 dejó una estela de víctimas femeninas (alrededor de 13 o 14 mujeres), y robos de objetos personales como souvenires, operando bajo motivaciones de índole personal antes de morir en un enfrentamiento policial donde se utilizaron policías como anzuelo.

Envenenamientos y el horror de los clanes familiares
El uso de métodos sigilosos también tuvo su capítulo con Yiya Murano, la llamada “envenenadora de Monserrat”, quien entre febrero y marzo de 1979 conmocionó al país al asesinar a tres de sus amigas íntimas (Nilda Gamba, Lelia Formisano de Ayala y Carmen Zulema del Giorgio Venturini) dándoles cianuro en el té con masas para encubrir deudas y estafas financieras.

A esto se sumó el accionar del clan liderado por Arquímedes Puccio entre 1982 y 1985, una estructura familiar dedicada a los secuestros extorsivos de empresarios como Ricardo Manoukian, Eduardo Aulet y Emilio Naum, cuyas víctimas fatales y operaciones clandestinas desde el sótano de una casona en San Isidro expusieron una de las formas más oscuras de la delincuencia organizada en la historia nacional.

