
¿Qué hubiera querido Chiche? que siguiéramos laburando
Por Rolando Graña
¿Qué hubiera querido Chiche? ¿Qué hubiera esperado Chiche Gelblung para su muerte? Por supuesto que habláramos de él. ¿Hubiera querido que fuéramos correctos? Seguramente no. Si se hubiera muerto cualquiera de nosotros, él hubiera contado nuestras intimidades, nuestras anécdotas, en un límite que tal vez a algunos les podía doler, pero él lo hubiera hecho.
¿Qué hubiera querido Chiche que hiciéramos esta mañana? Que siguiéramos laburando, como él seguía laburando. Y es lo que vamos a hacer. Vamos a hablar de Chiche, porque cada uno tiene el suyo. Cada uno de los que trabajamos en esto fuimos componiendo nuestro propio Chiche a lo largo de los años, de cruzarnos con él, de hablar y hasta de pelearnos. Cada uno tiene una parte, y esas múltiples partes se van a sumar a las de otros para ir componiendo el rompecabezas de quién era y qué dejó Chiche Gelblung.
Por lo pronto, hay algo que hay que entender: alguien como él, con tantos años en los medios de comunicación, se convierte para la gente, a medida que envejece pero lo sigue teniendo a la vista, en una especie de vecino. Para algunos de nosotros, ya como periodistas, era como una especie de tío inclasificable. Una de esas personas con las que te encontrás de vez en cuando, te llevás bien, discutís, pero en el fondo lo querés. Y sabés que te lo podés volver a encontrar y va a estar todo bien.
No era mi manera de entender el periodismo. De hecho, antes de ser periodista fui docente universitario y mi materia era Teoría de la Comunicación. Yo analizaba cómo era ese tipo de periodismo de los detalles. Algunos lo llamaban periodismo amarillo; otros preferimos decirle periodismo de impacto o periodismo de los detalles, porque también hay algo de sabiduría en ese periodismo que, a partir de los detalles, puede contar algo.
El problema es que muchas veces, cuando uno se aferra a un detalle, puede tomar la colectora equivocada y terminar en conclusiones peregrinas. Pero esa idea de entrar por los detalles a una historia hace que sea mucho más comprensible para grandes auditorios. Y eso era lo que sabía hacer Chiche.
Sabía contarle una historia a gente que no tenía formación previa. Él no hablaba para los abogados, no hablaba para los economistas, no hablaba para los políticos. Hablaba para la gente común, que no tiene por qué estar interiorizada al detalle de la información como tenemos que estar nosotros, que hicimos de esto nuestra profesión.
Él hablaba para que se entendiera. Y para que se entendiera utilizaba esas maneras de contar y prefería historias que tenían impacto y que sabía que iban a sorprender. Yo pasé de estudiarlo como docente universitario a cruzármelo por los pasillos, charlar con él y, de a poco, ir aprendiendo sobre su manera de hacer este laburo.
El Chiche que muchos no conocieron
Hay un Chiche Gelblung que todos recordamos de los últimos años en la televisión y en la radio, pero había otro Chiche Gelblung previo. Yo lo conocí bastante porque hacía un programa que se llamaba Tres Fotos, donde se hizo una larguísima entrevista biográfica a Chiche.
Ahí me contó que se había ido a los 14 años de la casa. Entonces, la imagen que yo tenía de él dirigiendo la revista Gente, cuando fui a entrevistarlo y a discutir un poco con él, se me resquebrajó. Él me dijo: “Sí, yo dirigí Gente, pero también me tuve que ir cuando me amenazaron con ponerme una bomba en 1981”.
Y me contaba también cómo había sido corresponsal de guerra. Y era verdad: estaban las fotos de Chiche en Biafra. Biafra fue un conflicto muy famoso de los años 70 donde había una hambruna muy parecida a la que hay hoy en Sudán: peleas tribales habían hecho que hubiera una población que se estuviera literalmente muriendo de hambre.
Las fotos famosas eran las de esos niños tan desnutridos, con la panza y los ojos saltones. Y ahí fue Chiche, a Biafra.
Hubo también la Guerra de los Seis Días en Israel, y ahí fue Chiche y estuvo. En Vietnam, y ahí fue Chiche. Él decía algo que a mí también me pasó después de haber estado en el Líbano: que el estrés postraumático de haber estado en una guerra te llega después.
Él decía que después, cuando volvés de las guerras o de las situaciones extremas, es ahí cuando la cabeza —que en ese momento, por la adrenalina o por lo que sea, tiene todos los patitos atentos—, cuando volvés a tu casa, cuando volvés a tu país, empieza a sentir el estrés y el trauma después de haber estado en una situación extrema.
El Chiche joven era de los que podía ir a una cobertura extrema. Pero el Chiche de 79 años también se fue a la guerra de Ucrania. Y seguía teniendo ese fuego sagrado que hace que algunos de nosotros, si podemos, dejemos el estudio y salgamos a la calle, porque es en la calle y en las situaciones extremas donde se ve realmente la madera de un periodista.
El fuego sagrado
Chiche era de otra formación y de otra escuela. Por eso yo decía, igual que Mauro Viale, tipos que algunos ni siquiera habían terminado el secundario y se habían hecho a sí mismos. A fuerza de insolencia se habían metido en las redacciones y se habían ganado un lugar.
Chiche, por ejemplo, a los 22 años se mete en una reunión política privada de radicales donde estaba el presidente Illia. Se hace pasar por un militante más, se mete en la reunión, toma apuntes y sale. Después se la lleva, creo, a Raúl Ortis Berea, que era su jefe en aquel momento en no sé cuál de las revistas de Editorial Atlántida, y recibe una frase que hoy publican algunos diarios: “No sé cómo te irá con la letra, pibe, pero vos ya tenés la música del periodismo”.
Y Chiche tenía eso. A fuerza de insolencia se metía en los lugares cuando todavía era un periodista joven. Y con Chiche se muere uno de esos últimos exponentes de periodistas autodidactas.
Los que vinimos después tenemos otro tipo de formación. Muchos de nosotros pasamos por la facultad y eso hace que tengamos maneras diferentes de mirar las notas y de mirar el periodismo. Pero eso no quiere decir que no tuviéramos mucho que aprender de ellos y que hayamos aprendido mucho de ellos.
Del mismo modo que yo aprendí de discutir con Mauro Viale, aunque muchas veces no estaba de acuerdo, también aprendí de discutir con Chiche y de ver cómo él hacía las cosas. Cómo yo no las hubiera hecho, pero eso no quería decir que uno no tuviera que mirar atentamente cómo él le daba un giro a las cosas, porque era otra manera de hacer periodismo.
Y sobre todo, en términos personales, uno tiende siempre a sacarse el sombrero humildemente y homenajear ese fuego sagrado.
El fuego sagrado que te llevó, cuando eras pibe, a meterte de prepo en una reunión política y a revelar lo que estaba pasando ahí. El fuego sagrado que lo llevó de joven a una guerra; que lo llevó a irse al exilio, pero a seguir ejerciendo el periodismo en España cuando lo amenazaron con ponerle una bomba; que lo llevó a Ucrania a los 79 años.
Ese mismo fuego sagrado que lo llevaba o lo traía, mejor dicho, todas las tardes acá, en silla de ruedas, a ponerse delante de estos mismos micrófonos para seguir laburando.
Y quizás eso sea lo que más hay que recordar de Chiche: que, hasta el final, siguió haciendo aquello que había elegido hacer toda su vida.
Escuchá el análisis completo: https://youtu.be/uMFnqk9kFP0?si=BSJsAbkF0O_-Gc0V

