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Breaking News | agosto 12, 2026

Femicidios en Argentina: las cifras que exponen la violencia machista mientras el Estado retrocede

Un informe sobre 226 agresores revela patrones de control, violencia previa y fallas de protección en un escenario de…
Florencia Guerrero
Por Florencia Guerrero

DIRECTORA DIGITAL Periodista y especialista en comunicación digital con amplia trayectoria en coordinar equipos de redacción, estrategias de…

Hay números que describen una realidad y otros que calientan la sangre. Durante 2025, 226 varones se convirtieron en femicidas, travesticidas o transfemicidas en Argentina, según el relevamiento que el Observatorio de las Violencias de Género Ahora Que Sí Nos Ven publicó en agosto de 2026. El registro comprende 221 femicidios y cinco travesticidios o transfemicidios ocurridos entre el 1° de enero y el 31 de diciembre.

Pero el dato más importante quizás no sea solamente cuántos fueron. El informe intenta responder otra pregunta: ¿quiénes son los femicidas y qué señales aparecen antes de que la violencia alcance su expresión más extrema?

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Las respuestas desarman varios lugares comunes. No aparece un agresor excepcional, aislado de la sociedad o necesariamente desconocido para la víctima. Por el contrario, los datos muestran que la violencia letal se concentra, sobre todo, en los vínculos más cercanos.

De los 226 casos analizados, 90 agresores eran parejas de las víctimas y otros 61 eran exparejas. Entre ambos grupos sumaron 151 casos, es decir, el 66,8% del total.

El peligro, entonces, muchas veces tenía nombre, rostro y una historia previa.

El hogar tampoco parece un lugar seguro

El escenario de los crímenes refuerza esa conclusión. El 37,6% ocurrió en la vivienda de la víctima y otro 23% en la casa que víctima y agresor compartían. En conjunto, seis de cada diez hechos sucedieron dentro de esos dos ámbitos domésticos.

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Otro 17,7% ocurrió en la vía pública y el 6,6%, en la vivienda del agresor. En un 15% de los casos, las fuentes periodísticas no permitieron determinar el lugar.

La estadística obliga a revisar una idea profundamente instalada: para una mujer que atraviesa violencia de género, el peligro no necesariamente espera en una calle oscura. Puede dormir bajo el mismo techo.

También aparece un perfil sociodemográfico. De los 226 agresores, 198 eran argentinos, el 87,6%. El grupo más numeroso tenía entre 21 y 40 años: 91 femicidas, el 40% del total. Otros 58 tenían entre 41 y 60 años; 13, entre 16 y 20; y 11 superaban los 61. En 53 casos no había información disponible sobre la edad.

No existe, por lo tanto, una nacionalidad extranjera ni una franja marginal que permita explicar el fenómeno desde afuera de nuestra propia sociedad.

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Las señales estaban antes del crimen

Otro dato resulta todavía más inquietante. En 89 casos, el 39,3%, familiares, amigas o vecinos habían identificado celos y conductas posesivas por parte del agresor.

Control, vigilancia, aislamiento y restricciones sobre la autonomía aparecen una y otra vez antes del crimen.

En 57 casos, el 25,2%, existió una separación reciente o la víctima había manifestado su intención de terminar la relación. El informe identifica ese momento como una instancia de especial riesgo porque el agresor puede interpretar la ruptura como una pérdida de poder y control.

En otros 46 casos, el 20,3%, las fuentes mencionaron consumo problemático de sustancias. El propio Observatorio advierte algo fundamental: el consumo no causa un femicidio, aunque puede agravar conductas violentas que ya existen dentro de relaciones de dominación.

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La diferencia importa. Explicar un femicidio exclusivamente por alcohol, drogas, un “ataque de locura” o una discusión desvía la atención de las relaciones de control que los datos permiten observar.

Denunciaron y aun así las mataron

El Estado aparece en otra zona especialmente sensible del informe.

En 39 de los 226 casos, el 17,2%, existían denuncias previas. Y en 25 casos, el 11%, las víctimas tenían medidas judiciales de protección vigentes cuando ocurrió el crimen.

Es decir: hubo mujeres que habían llegado al sistema, habían denunciado la violencia y hasta habían conseguido una medida judicial, pero el mecanismo de protección no alcanzó para impedir el desenlace.

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Sin embargo, tampoco corresponde interpretar esos porcentajes como si en todos los casos restantes no hubieran existido denuncias. El vacío de información es enorme: en 124 casos, el 54,8%, el Observatorio no pudo determinar si existían denuncias previas; en 139, el 61,5%, tampoco pudo establecer si había medidas de protección.

Ese punto resulta indispensable para leer correctamente las estadísticas.

El Observatorio construyó su base a partir del monitoreo de medios gráficos y digitales y reconoce que la cobertura periodística deja enormes zonas sin información sobre los victimarios. En 53 casos se desconoce incluso la edad del agresor y en 146 faltan datos sobre antecedentes o posibles hechos de violencia anteriores.

También allí los medios tenemos una responsabilidad. Contar quién era la víctima no alcanza. Hay que investigar al victimario, sus antecedentes, las denuncias, las intervenciones judiciales y las respuestas que el Estado dio —o no dio— antes del crimen.

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El retroceso de las políticas públicas no puede quedar fuera de la discusión

Estos datos aparecen en un escenario político que el propio Observatorio cuestiona con dureza.

El informe habla de un “debilitamiento de las políticas públicas destinadas a la prevención, protección y acompañamiento” y sostiene que existe un “progresivo retiro del Estado” de esas funciones. También denuncia un contexto de “desmantelamiento de políticas públicas de género” y “reducción de recursos destinados a prevenir las violencias”.

Aquí conviene marcar una diferencia imprescindible: el documento que sirve de base para este editorial no cuantifica cuánto dinero recortó el Gobierno nacional ni detalla, partida por partida, la caída presupuestaria de cada programa. Por eso, no corresponde inventar porcentajes ni presentar una cifra de ajuste que esta fuente no prueba.

Pero esa ausencia de una cifra presupuestaria dentro del informe tampoco elimina la discusión política que plantean sus autores.

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Cuando una mujer denuncia, necesita una respuesta. Cuando un juez establece una restricción, alguien debe garantizar que se cumpla. Cuando una víctima necesita abandonar su casa, necesita una red que permita hacerlo. Cuando existen niñas y niños involucrados, el problema excede todavía más a la víctima directa.

Y los números muestran esa dimensión.

En 46 de los 226 casos, víctima y femicida tenían hijos en común. En 14 existían conflictos vinculados con ellos. Y en 38 casos, niños, niñas o adolescentes presenciaron el femicidio.

No hablamos solamente de mujeres asesinadas. Hablamos también de familias destruidas y chicos que quedan expuestos a una violencia extrema cuyas consecuencias pueden acompañarlos durante toda su vida.

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Armas, fuerzas de seguridad y un riesgo que exige controles

El modo en que los agresores cometieron los crímenes aporta otra señal.

El arma de fuego fue la modalidad más registrada: apareció en 59 casos, el 26%. Las armas blancas estuvieron presentes en 46 casos, el 20,4%; la asfixia, en 39; y los golpes causaron la muerte en otros 28.

El informe también identificó 17 femicidas pertenecientes a fuerzas de seguridad o armadas y precisó que 15 integraban fuerzas policiales. Para el Observatorio, el dato exige revisar mecanismos institucionales y criterios vinculados con la portación de armas.

No se trata de un detalle. Cuando una persona denunciada por violencia tiene acceso inmediato a un arma, el sistema de prevención enfrenta un factor adicional de letalidad.

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Después de matar, uno de cada cuatro huyó

Lo que hicieron los agresores después de los crímenes también cuestiona la explicación del supuesto “arrebato”.

En 57 casos, el 25%, los femicidas huyeron. En 31 intentaron ocultar su autoría; 23 se suicidaron; 13 intentaron deshacerse del cuerpo; 16 se entregaron o confesaron y ocho pidieron ayuda o asistieron a la víctima después del ataque.

El Observatorio interpreta esas conductas como elementos que, en numerosos casos, muestran decisiones destinadas a evitar la sanción, ocultar pruebas o manipular la escena.

Celos y posesividad antes. Separaciones recientes. Denuncias. Medidas de protección. Armas. Fugas y ocultamiento después.

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Los elementos empiezan a formar un patrón.

Los femicidios no empiezan el día del asesinato

Ese quizás sea el dato político más relevante de todo el informe.

Un femicidio no empieza necesariamente cuando un hombre mata a una mujer. Muchas veces empieza mucho antes: con el control del teléfono, el aislamiento de amigos y familiares, los celos convertidos en vigilancia, las amenazas, la violencia económica, los golpes, la persecución después de una separación.

Y, en algunos casos, continúa pese a una denuncia.

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Por eso resulta peligroso pensar las políticas contra la violencia de género como un gasto prescindible. El Estado no puede actuar solamente después del asesinato, cuando llega la Policía, interviene una fiscalía y comienza una causa penal. Para entonces, la política de prevención ya fracasó.

El debate sobre el tamaño del Estado, sus organismos y sus recursos forma parte de una discusión democrática legítima. Pero cualquier reducción de estructuras destinadas a prevenir y atender la violencia debe responder una pregunta concreta: quién cumple esas funciones después y con qué recursos.

Porque las líneas telefónicas, los equipos interdisciplinarios, los refugios, los dispositivos territoriales, la capacitación, el seguimiento de medidas judiciales, la ESI y los programas destinados a trabajar con varones violentos no representan conceptos abstractos. Constituyen herramientas de intervención antes de que la violencia alcance su punto final.

Una estadística que exige respuestas

El informe de Ahora Que Sí Nos Ven no permite construir un retrato perfecto del femicida argentino. Sus propios autores reconocen las limitaciones de una investigación basada en información periodística. Tampoco permite demostrar por sí solo una relación causal entre un recorte presupuestario determinado y cada femicidio.

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Sí permite observar algo contundente: la violencia extrema presenta regularidades y muchas veces deja señales antes de matar.

De 226 agresores, 151 eran parejas o exparejas. En 89 casos aparecieron celos y posesividad. En 57 hubo una separación reciente o intención de terminar el vínculo. En 39 existían denuncias previas. Veinticinco víctimas tenían medidas judiciales de protección. En 38 casos, chicos y adolescentes presenciaron el crimen. Y 59 agresores utilizaron armas de fuego.

Detrás de cada porcentaje hay una persona. Por eso, discutir los femicidios en Argentina exige mucho más que contar víctimas al terminar cada año. Exige investigar a los agresores, detectar las señales de riesgo, revisar qué ocurrió con cada denuncia, garantizar el cumplimiento de las medidas judiciales y evaluar qué sucede cuando el Estado reduce o abandona herramientas de prevención.

Los femicidios no son inevitables. Y si conocemos mejor las señales que los preceden, el Estado tiene todavía menos margen para mirar hacia otro lado.

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