
La nueva pobreza, el endeudamiento y las consecuencias del ajuste
Hay una discusión que tenemos que tener: qué hacemos con la pobreza. Y, sobre todo, qué hacemos con los pobres para que se vean o no se vean.
Cualquiera que camine por las calles de Buenos Aires y pase frente a una iglesia sabe de qué estoy hablando. En aquellas iglesias que dan comida, hay gente que se acerca a pedirla. Entonces la pregunta es: ¿cuál es el problema? ¿Que se vean los pobres o que existan los pobres y los pobres presionen para pedir comida?
Obviamente, uno no puede esperar que la gente con hambre deje de ir a comer. Tampoco que quien no tiene plata deje de buscar comida. Los comedores de las iglesias se convirtieron incluso en lugares de refugio para gente que tiene trabajo. Hace poco presentamos en GPS una nota en el comedor de San Cayetano. Entrevistamos a obreros de la construcción, empleados de comercio e incluso jubilados que decían: “No llego a fin de mes”. Y entonces había días en los que iban a comer al comedor de la iglesia.
Por eso el debate puede sonar bestial. Porque cuando el jefe de Gobierno Jorge Macri dice que cuanto más comida se da, más pobres vienen, el problema no es que más pobres vayan a las iglesias. El problema es que hay más pobres que necesitan comer.
Esta es otra de las caras de la nueva pobreza: el endeudamiento y el hostigamiento.
Ayer hubo una audiencia en la Legislatura porteña donde legisladores de todos los partidos con representación en la Ciudad escucharon testimonios de personas endeudadas y hostigadas. Hay distintas categorías: endeudados con el sistema bancario, con billeteras virtuales, con prestamistas de barrio, con prestamistas que directamente los amenazan y también personas perseguidas por sistemas legales o con fachada de legalidad.
El Salón Dorado de la Legislatura estaba lleno. Cada persona tenía dos minutos para contar lo que le estaba pasando. Y contaban la cantidad de llamadas que reciben por día, los mensajes, los insultos, las amenazas y las distintas formas de presión.
Porque si te llaman a la mañana y después repiten la llamada siete veces, no es porque esa mañana vas a conseguir la plata para pagar. Te llaman para molestarte, para quebrarte, para irritarte y quebrarte emocionalmente.
Leandro Santoro contaba que incluso existen manuales de capacitación para estos cobradores telefónicos sobre cómo hostigar a la gente. Hay casos en los que llaman al ex, a la nueva pareja del ex o a familiares. Todo para generar un clima de vergüenza alrededor de la persona endeudada, para que finalmente pague o acepte refinanciaciones todavía más usureras que la deuda original.
Efectivamente habrá gente que se endeudó por la timba o que se endeudó a propósito y no quiere pagar. Pero cuando el fenómeno alcanza una dimensión tan grande y ya pasa los seis millones de personas, deja de ser una cuestión de avivados individuales. Se convierte en un problema estructural.
Y ahora se empieza a ver en perspectiva cómo llegamos hasta acá.
En un momento de empobrecimiento feroz de la población argentina, mucha gente que tenía trabajo pensó que la situación iba a durar poco. “Ya voy a conseguir otro trabajo”, “ya voy a llegar a fin de mes”, “me endeudo porque tengo necesidades y después me recupero”.
No llegaron nunca.
Y ahí está ese contingente de personas endeudadas, desesperadas y ahora también hostigadas.
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