
Rolando Graña: El relato del “milagro económico” entró en crisis: los números reales de la pobreza
La pobreza como radiografía de un país
Entre economistas y especialistas en estadística suele decirse que la pobreza es la estadística madre. Y yo creo que hay algo de eso que resulta fundamental: a partir de ella podemos comprender la verdadera radiografía social de un país.
Algunos prefieren mirar únicamente la actividad económica, pero esa foto puede ser dispareja. Puede haber sectores concentrados a los que les vaya muy bien mientras la mayoría retrocede. La pobreza, en cambio, permite observar cómo está viviendo una sociedad.
En Argentina, además, esta medición tiene su propia historia. Después de los años en los que el kirchnerismo decidió no difundirla con el argumento de que era “estigmatizante”, recién en 2016 volvió a medirse de manera transparente. Mauricio Macri asumió entonces una responsabilidad concreta y dijo: “A mí evalúenme por lo que logre respecto de la pobreza”. Y la sociedad, efectivamente, lo evaluó.
El número que cambió el relato
Para entender dónde estamos parados hay que mirar la evolución de la pobreza en millones de personas. Macri recibió el país con 14 millones de pobres, logró bajar esa cifra hasta 11 millones en su mejor momento y terminó su mandato con 17 millones. Esa fue una de las razones centrales de su derrota electoral.
Alberto Fernández recibió 17,3 millones de personas en la pobreza. Durante la pandemia la cifra trepó hasta los 21 millones, después bajó a 15,8 millones y finalmente, entre la inflación y la sequía, la gestión terminó con 18 millones de pobres.
Javier Milei asumió con esos 18 millones. Después de la devaluación inicial, la pobreza se disparó hasta 25,7 millones de personas, el salto más severo registrado en los últimos 25 años. Después vino una baja sostenida que llevó el número hasta los 12,8 millones y de ahí surgieron las declaraciones sobre haber sacado a “10, 12 o 14 millones de personas de la pobreza”.
Pero acá aparece el problema. Ese relato hoy colapsa frente a los datos técnicos. La pobreza dejó de bajar y acumula tres trimestres consecutivos de incremento, nueve meses al alza, hasta ubicarse actualmente en torno a los 15,8 millones de personas. En este último tramo aparecieron tres millones de nuevos pobres.
Entonces, si tomamos como punto de partida los 18 millones que dejó la gestión anterior y los comparamos con los 15,8 millones actuales, el saldo neto es una reducción de 2.200.000 personas. No son 14 millones ni 10 millones. Medir únicamente desde el pico provocado por la propia devaluación oficial es, en definitiva, una trampa argumental.
La comparación con los años noventa
Ahora bien, hay otra comparación que me parece importante. Cuando hablamos de un proceso de ajuste ortodoxo, liberal y de shock, la referencia histórica más directa en la Argentina reciente es el plan Menem-Cavallo de los años noventa.
Si comparamos ambos procesos a los dos años y nueve meses de gestión, aparecen diferencias importantes. En aquel momento, la inflación mensual era del 1,3%, el desempleo estaba en el 7% y la pobreza en el 19%. En el proceso Milei-Caputo, la inflación mensual es del 1,7% en agosto, el desempleo está por encima del 7% y la pobreza supera el 31%.
Es decir, incluso dentro de la propia lógica de un programa de shock, el esquema de los noventa entregaba mejores resultados sociales y macroeconómicos en ese momento del proceso. Y esto no lo planteo solamente yo: Domingo Cavallo advirtió públicamente al Ejecutivo que no se puede mirar únicamente la inflación mientras se ignoran la caída del empleo y el parate de la actividad económica.
Cuando empieza a cerrar el comercio
Hay otro dato que para mí resulta todavía más revelador: lo que ocurre con los comercios. En los años noventa cerraban fábricas como consecuencia de la apertura importadora, pero los comercios se mantenían abiertos.
Hoy estamos viendo algo distinto. Que cierren comercios de proximidad evidencia el colapso del consumo masivo. Y esto es importante porque ya no estamos hablando solamente de una variable estadística, sino de lo que sucede en la vida cotidiana.
Los industriales textiles y los fabricantes de electrodomésticos optaron por mudar su producción a China para importar directamente. Y, al mismo tiempo, ocurre algo extraño: ni los productos nacionales, que son caros, ni los importados, que son baratos, encuentran comprador. Salvo algunos nichos muy específicos o grandes bazares de insumos económicos, las ventas generales cayeron de manera drástica.
Mientras tanto, solamente un margen superior de la sociedad, alrededor del 11%, conserva capacidad de ahorro y consumo en dólares. El resto enfrenta un escenario en el que el poder adquisitivo se desploma.
El Gobierno se mantiene aferrado a dos anclas: la pauta cambiaria y una baja de la inflación inducida mediante una severa recesión. Es una estrategia que busca congelar los precios desplomando el poder adquisitivo de la población.
El misterio del oro
Y hay otro problema que no es menor: la falta de transparencia sobre el patrimonio del Estado. La Auditoría General de la Nación, a través de su titular Juan Manuel Olmos, denunció que el Banco Central se negó formalmente a entregar la documentación respaldatoria sobre el traslado de los lingotes de oro argentinos al exterior.
Desde la conducción del Banco Central, encabezada por Santiago Bausili, se afirma verbalmente que el oro está en el Banco de Basilea, en Suiza. Sin embargo, existen severas sospechas de que esos activos estén depositados en bóvedas de Londres.
Y acá aparecen riesgos geopolíticos y legales concretos. Por un lado, la posibilidad de embargos ante eventuales litigios internacionales contra el Estado argentino en tribunales extranjeros. Por otro, los precedentes de congelamiento de fondos y activos soberanos y de magnates internacionales en la plaza financiera de Londres ante conflictos diplomáticos.
También hay una contradicción que no se puede ignorar: resulta difícil conciliar un giro en el discurso sobre la causa Malvinas con el hecho de depositar reservas soberanas en la capital británica bajo opacidad documental.
El límite del relato
Entonces, la pregunta es qué estamos mirando cuando hablamos del llamado “milagro económico”. Porque una cosa es la desaceleración de la inflación y otra muy distinta es el costo que se paga para conseguirla.
Si esa desaceleración se produce a costa de destruir el mercado interno, congelar jubilaciones y aumentar el desempleo, hay un problema de sustentabilidad. No alcanza con mirar un único número y dejar afuera todo lo demás.
Las estadísticas técnicas y el testimonio diario de las calles empiezan a marcar lo mismo: la pobreza dejó de bajar, el consumo se desplomó y el relato del “milagro” encontró un límite. Y esto es lo que hay que discutir.
Escuchá el editorial completo: https://youtu.be/1wapUrydyXM?si=t6mfLwC462CWdlIJ

